DANZA ROTA

Su nombre era Diana y no nos quitábamos los ojos de encima. Ella vestía un bikini de color lila relativamente conservador, intrascendente para su muy blanca piel, su paradójico abdomen (léase, a ella la hacía lucir escultural, pero una modelo profesional pronto quedaría desempleada con éste), su oscuro cabello con algunos visos negros, y en especial, intrascendente para sus ojos grises con visos verdes.

Claro que en ese primer instante no era mucho más lo que yo podía hacer, pues iba de paso con mi familia materna en pleno, y recién íbamos hacia el vestier para, creo yo, guardar nuestras pertenencias y cambiarnos, cuestión que me pareció extraña puesto que uno podía irse en toalla y traje de baño hasta la caseta donde se hospedaba a cambiarse de todos modos. Afuera de la piscina, todos hacíamos parte de un gran tumulto de bañistas, de modo que mientras reclamábamos los brazaletes, Diana desapareció (y yo odiaba la idea de haber seguido a mi madre, abuelos y tías al vestier).

Como era de suponerse, si has salido con mi familia materna alguna vez, entre la llegada a la piscina y la inmersión a la misma pueden pasar varios minutos. Yo iba como hipnotizado por ojos grises con visos verdes a la piscina sin considerar que la misma albergaba un tumulto todavía más grande que el de afuera. Pero Diana ya estaba nadando allí, y lo mejor, estaba sola. Probablemente yo ya no andaba con mi familia materna, y ello era bueno, pues podíamos tantear aquella piscina yendo por orillas semejantes a la parte sumergida de los muelles de madera en el mar, esperando a familiarizarnos después con la profundidad de baldosas color azul conocido por todos los que hemos entrado a una piscina común, y más o menos ocho marcas de carril azul oscuro distanciadas entre sí unos dos metros.

El día lucía gris claro y se sentía frío afuera de la piscina. Una vez dentro y muy cerca de Diana, creo que el día era de lo más de cálido. Ella sabía a dónde iba y a dónde volvía, cómo ondulaba si pensaba ondular, cómo se impulsaba con los brazos si iniciaba una brazada. Yo la imitaba a la perfección, más por saber a dónde iría después que en respuesta a sus movimientos (¿o sería al revés?). En ese momento, mis tías y mi madre entraron al agua y se hallaban intrigadas con Diana (la menos intrigada era, curiosamente, mi mamá), de modo que nos detuvimos para que yo la pudiera presentar, y continuar en nuestro peculiar ejercicio de nado sincronizado.

Entonces, llegó mi turno de ser el que sabía a donde ir y volver, ondular y hacer brazadas. O, como quería hacer yo, ir a la zona más profunda de la piscina y hacer inmersiones allí. Eso hicimos todo el rato que fue posible, pues estas inmersiones suelen agotar un poco las cosas. Al final, a sabiendas de haber captado todo el interés de Diana que era posible captar en ese momento, se me vino a la cabeza como un hipervínculo de color azul aquel movimiento especial para las profundidades: la Danza Rota.

Y así fue que se lo mostré. Tal como le había pedido a Dios, la deslumbré, aunque pronto tuve que explicarle que dicho estilo tiene un inconveniente, y es que solo funciona en aguas profundas tomando impulso desde el fondo. Eso, lejos de disuadirla, le generó más interés en el estilo.

No obstante, tenía que irse. El invisible sol del cielo gris quemaba, la señal de su salida del agua, y mientras se despedía, me decía algo más, cuando de la mismísima nada mi primo Nico, que inexplicablemente estuvo en la piscina todo el tiempo, pero que no anduvo cerca de mí ni un solo instante (¿Y eso como por qué?) intervino para pedirme ayuda, pues me dijo que se iba a salir porque el sol estaba quemando pero que por el diseño de muelles, no podía hacerlo por su cuenta.

Entre el ayudarle a mi primito y salirme de mala gana del agua (como si el permanecer más tiempo en el agua me devolviera lo nadado con Diana), a mi cabeza llegó, en color azul hipervínculo y en sonido estéreo, la canción que me acompañaría hasta que abriera los ojos en mi cama: Dame una pista, algún rastro para hallarte… Estoy bailando una Danza Rota, quisiera escaparme.