A la juventud (Jorge Basadre)

La primera cosa que tiene que hacer toda auténtica juventud es aprender a no venderse. Nada más grave para el futuro y para la salud moral de una nación que las asambleas de pusilánimes o aprovechadores venales cuyo lenguaje común es tratarse mutuamente como respetables.
No sólo los políticos, sino muchos grandes médicos y grandes abogados y profesores y aristócratas e intelectuales entran en esa lucrativa confraternidad.

El deber fundamental de un joven, es el de la decencia substancial. Para construirla y sostenerla, ningún material mejor que la indiferencia necesaria para que las naturalezas subalternas importen poco. Hay que aprender a decir que no en contra de uno mismo. Será el mejor acto que se pueda realizar en un país enfermo de consentir. Si en el espíritu de la nueva generación predomina la tendencia a decir que sí, hay que sospechar que la decadencia colectiva es tremenda. Pero nada tan sencillo aparentemente y tan difícil de hacer bien y tan delicado para realizar con rigor, nada tan arduo que requiera tanto coraje como ser hombres de afirmación y no de mera negación.

Sobre las ruinas de lo que se niega, hay que fundar lo positivo. La verdadera calidad de un espíritu depende del modo como prolonga hacia adelante su pensamiento y su acción bien parado en los pies propios, adherido con garras a las verdades sólidas y esenciales contra todos los elementos contingentes de la existencia exterior, sin confiar más que en el fruto de la dedicación de la vida a una labor clara y humana.

Quien no se sienta capaz de ser religiosamente honrado en su soledad, se condenará fácilmente a la perdición y por sonora que sea su creencia proclamada, por ruidosos que suenen los golpes que se da al pecho, se entregará fácilmente a la individual rapiña y a todo lo peor con tal de que le otorgue poder.

Acuérdense siempre los jóvenes de eso y busquen en torno suyo, a los que desdeñan el grito público y hacen de su retiro o de su callada acción la sola gloria capaz de interesarlos. Desconfíen de los teóricos apurados por hacer de su orgullo un imperio y de los que en su arsenal recóndito sólo albergan como armas la calumnia, el insulto, la vejación. Es muy común que los gestos ampulosos cubran un sistema de miserias. Lo que un hombre es en su intimidad es lo único que es.

Nada de lo anterior implica un consejo de puro intelectualismo. Tan peligroso como otros puede ser el mito de la cultura, llámese humanismo del Renacimiento, filosofismo del siglo XVIII, adoración del siglo XIX por la ciencia. Hay esclavos de bienes corporales -el dinero, el lujo, el predominio- como hay esclavos de bienes intelectuales -el libro, la educación, la fama. Tanto en las limitaciones especializadas del profesionalismo como en la frivolidad del diletantismo existe desde un ángulo distinto, análogo condenable divorcio entre la Inteligencia y la Realidad profunda.

Así como la ley fundamental de la economía no es la acumulación sino la utilización de los valores materiales en beneficio de las exigencias del hombre y de la civilización, también la ley fundamental de la cultura no es la acumulación del saber sino su adaptación al hombre para la realización completa de sus destinos.

El saber es como la riqueza. Fecundo cuando está al servicio del hombre; peligroso cuando está al servicio de sí mismo. De acuerdo con la jerarquía natural de los valores; no es el número de escuelas, ni el número de libros ni la cantidad de escritores lo que valoriza a un pueblo, sino la calidad de sus hombres y la naturaleza de su cultura, la sabiduría del corazón. Es el corazón lo que está en el centro del hombre total.

Crónicas de Fudeworer - Capítulo 1

LOS HIJOS DE LA ÚLTIMA BATALLA

Kalep no se veía tan entusiasta como los otros niños. A la hora de la verdad, no tendría por qué estarlo. Su única familia apenas andaba en los brazos de una veidra. Sus padres habían fallecido en penosas circunstancias: Su padre murió en la reciente confrontación con los Don Oban mientras su madre perdía la vida en el parto de su hermano por la pena moral que la embargaba.

Pero eso era lo que los otros niños y niñas no sabían en el Silvonkat. Todos habían sido elegidos para entrenarse como los guerreros de la más alta casta de Neblough, wingur. Por supuesto, por su edad y la exigencia en su entrenamiento, empezarían por ser winwitts. Pero una vez dentro, ya lo demás sería aprender a hacerse a una reputación de gran guerrero, sobresalir por encima de los otros y ganar la atención del rey para obtener una posición de gloria y prestigio.

Kalep ni siquiera sabía si quería estar allí. Vivía muy bien con las veidras, en especial con Hynemie, o bueno, con su hija Raani. Allí cuidaban al pequeño Nolmak y él podía verlo cuando quisiera. Ahora se encontraba internado para ¿entrenarse en armas?

Otro niño se le acercó de manera muy sutil. Le preguntó acerca del arma en la que pensaba especializarse. Kalep, medio desconcertado, solo se inmutó a observar a su interlocutor. "¿Cómo podía pensar en escoger un arma si la última vez que supe de una, habían atravesado a mi papá?" reflexionó Kalep.

El niño observó la reacción de Kalep, ya que sus gestos reflejaron aquel perturbador pensamiento. "Ah, ya veo, tu también debes venir como heredero de honor. Mi nombre es Ankerov, hijo de Gestov, uno de los wingur que pereció en la batalla contra los Don Oban, hace casi un año" . Kalep se sintió extrañamente aliviado. No era el único que se hallaba allí por obligación.

-Mi papá debe estar muy orgulloso en el más allá. Me dejo un lugar en su nombre, a sabiendas de que yo podría seguir ese camino- continuó Ankerov. Kalep no estaba muy seguro si ese era un motivo de orgullo, aunque por otra parte, le hacía recordar que su padre gozaba de buena reputación. O al menos, así era en la gran ciudad de Alafurz, a las afueras del Silvonkat. Decidió seguir la conversación con Ankerov, pues le pareció alguien confiable y con quien podría llevarse bien.

-El mío también lo estará. Su nombre era Nolmes y al menos en Alafurz todos lo querían.

Ankerov sonrió -Haces lo mismo que mi papá contaba acerca de él. Primero lo observas todo. Después intervienes, y de manera rápida y contundente. Eres tal vez el winwitt más esperado.-

"Mi hermano opinaba lo mismo sobre Nolmes", dijo otro niño, que se interesó en la conversación al escuchar a Kalep (e interrumpiéndole justo antes de que Ankerov le preguntara a éste su nombre). -Lo siento, me presento, mi nombre es Inkur y soy el hermano menor de Nilchs. Creo que soy otro "honorario"-

- Mi nombre es Kalep, y creo que ya saben de dónde vengo-. Alrededor de éstos niños, los demás se reunían. Tal vez uno o dos más eran herederos de honor. Los demás llevaban tres años o más tratando de ingresar en la admisión corriente. Algunos lo consideraban injusto (entre esos, Kalep), pero otros lo veían como algo natural, solo era un recurso para preservar el honor de los caídos en batalla.

Empezaron a presentarse los niños entre sí, es decir, los niños admitidos se presentaron ante los herederos. A ellos se unía Marailge, una niña heredera, aunque en el caso de ella, se debía a que su madre, Gelygar, se convirtió en la custodia de las veidras que iban de misión alrededor de Fudeworer y su puesto quedaba vacante.

Sería una mentira decir que todos se hallaban felices conociendo a los herederos y a sus compañeros. En primer lugar porque debido a la batalla contra los Don Oban (ocurrida hacía ya un año) muchos eran herederos de honor esta vez. En segundo lugar, no todos los herederos pensaban llevarse bien con los demás winwitts. Éste era el caso de Jeadel, que básicamente pensaba que todos eran inferiores a él, el sobrino extranjero de Karl II y el nieto de Karl I. En pocas palabras, su sangre era real, la de los demás no. Y en tercer lugar...

- ¡Muéranse todos ustedes, bastardos de Neblough! ¡Los twaghili resurgiremos para que hasta ustedes se aterren!

Un muchacho de un metro noventa y cuatro de estatura cargaba contra el grupo de niños, armado de una rama de cedro que le servía como garrote.

"¿¡¿¡ Twaghili?!?!". Todos estaban extrañados y aterrados. Salvo Kalep que de inmediato se lanzó a su encuentro.

-No, no es como su padre.- comentó decepcionado Ankerov. Inkur iba a asentir, pero luego observó algo y dijo "No estés tan seguro".

El muchacho cargaba con ambas manos el garrote en su costado izquierdo -hacia el que se ladeaba-, para lanzar un golpe de lado, ya que por su altura, cargar desde arriba hacia los niños le resultaría problemático, lo mismo que hacer partir el golpe. Kalep iba de frente a gran velocidad, aunque cada cierto tiempo iba un poco más hacia su derecha.

Cuando estuvieron ya lo suficientemente cerca, el muchacho lanzó su golpe. Kalep no detuvo su carga, sino que la dirigió hacia el garrote, hacia el que se abalanzó con todo su peso. El muchacho no pudo reaccionar a tiempo y vio que Kalep le hacía perder el equilibrio y soltar la rama de cedro.

Pero esto no duró mucho, y el muchacho se recuperó. Ya sin garrote y viendo que Kalep también había perdido el balance de su cuerpo (¡después de todo, acababa de cargar contra alguien evidentemente más fuerte que él!), le propinó una fuerte patada en el torso, fracturándole algunas costillas. Este golpe fue muy efectivo, ya que Kalep quedó tendido e inmovilizado (aunque, cosa sorprendente, no estaba inconsciente ni aterrado).

El muchacho recogió el garrote y... éste le fue arrebatado de nuevo, solo que esta vez por una mano adulta y muy experimentada en combate. El muchacho recibió luego un golpe en la base de la nuca y cayó inconsciente.

***

A lo lejos, desde una ventana de la gran fortaleza del Silvonkat, un hombre medianamente joven observaba todo con cierto repudio, aunque no por que la pelea en sí le disgustase. "Ahora si será imposible conservar al pequeño mercenario" dijo.

Una voz grave proveniente de un hombre algo entrado en años de facciones siniestras respondió:

-Con el debido respeto, su Majestad, el jóven Sacrag nunca debio estar aquí. Parece que no dejamos muchos twaghili con vida, de modo que no atrajimos la atención de alguno que quisiera venir a sacarlo de aquí

"Ya es un hecho evidente. Ahora solo queda pensar en otros hombres que empiecen a trabajar para nosotros mientras preparamos a estos niños. Es una lástima que la mayoría de los wingur haya perecido hace un año. Los que quedan son pocos y no todos me son completamente leales. Todo esto retrasará seriamente nuestra campaña." prosiguió el hombre, aún en la ventana.

- Al menos es bueno escuchar que la retrasa, no como su difunto padre, que la rechaza.-respondió otra voz, de un guerrero maduro de tez morena. - Siempre Naigel y yo creímos que Neblough podría hacerse a más territorio, pero Karl I apostaba demasiado al comercio entre naciones.-

- ¿Karl I?- hizo eco un poco sorprendido el hombre de la ventana, mientras señalaba las insignias en su capa.

- Sí. Recuerde que ahora usted es quien debe ser llamado Majestad, joven Karl- dijo Naigel, el hombre de la voz grave y apariencia siniestra.

Karl II, actual rey de Neblough, vio como uno de los wingur llevaba a cuestas a Sacrag fuera del Silvonkat, mientras otro llevaba a Kalep al barracón.

***

En la noche, dentro de la prisión de Almoor, Sacrag despertaba en una de las celdas. Un niño de cabello rubio casi blanco y un hombre vestido con un sayo andrajoso le observaban.

-Yo siempre tengo la razón. Usted y su hermano se reunirían con mi ayuda.- dijo el hombre del sayo andrajoso, cuya voz era ronca y daba señales de un alto grado de depravación en él. El niño de cabello rubio le miro con hostilidad y le increpó: "¡Claro, es que esta celda es el mejor punto de encuentro con el que contamos desde hace casi un año! ¡Qué plan tan brillante!"

Sacrag miró al niño y comentó -Es increible. Después de todo, los twaghili si vivimos. Y quien lo diría, entre los que vivimos, mi pequeño hermano Magrock y yo.-

-Ahora, para que los jóvenes vean que pueden contarme entre sus aliados los sacaré de aquí.- dijo el hombre del sayo andrajoso, mientras su mano izquierda se desvanecía por dentro de la cerradura de las rejas de su celda. - Sacrag, siga a su hermano por la derecha cuando él le indique. La izquierda es mía- continuó.

Magrock estaba sorprendido de la extraña habilidad del hombre andrajoso, aunque sabía desde un principio que no era un mendigo ordinario, ya que había descubierto su secreto. Sacrag estaba desconcertado aún de saber que había esperanzas para su clan.

El hombre del sayo abrió la puerta y se dirigió a su izquerda por el corredor. Desde la celda solo se escuchaban los gritos de dolor de los guardias. "¡Ahora!"gritó el hombre. Magrock cerró sus ojos unos instantes. Sacrag veía atónito a su hermano estar a punto de hacer aquel truco de su madre.

Magrock abrió sus ojos y con un aura de tenue luz azul con gran transparencia que emanaba de éstos, se rodeó a sí mismo y rodeó a Sacrag. "Mientras avanzamos, concentra toda tu fuerza en un puño, igual que tu padre. Pronto necesitaremos romper algún muro en la derecha" dijo Magrock, tras haber comprendido el plan del hombre de sayo andrajoso.

Sacrag y Magrock salieron hacia la derecha de la celda, mientras pasaban desapercibidos por los guardias, que tenían su atención centrada en el peligroso hombre andrajoso (ya había eliminado a dos guardias y amputado extremidades a los otros cinco que le se enfrentaron, con la espada del primero al que venció).

Sacrag, vio un muro con ventana y le dijo a Magrock "¡Por aquí!" un instante antes de lanzar un golpe con su mano derecha, rodeada con un fulgurante brillo rojizo, contra la construcción. El muro se hizo trizas, pero nadie lo noto, pues no podía ver ni oir más allá de la ilusión que creaba el aura de Magrock.

Una vez afuera, Sacrag le preguntó a Magrock acerca del hombre del sayo andrajoso.

- Su nombre es Khoolquen y se presentó como un enemigo de Neblough.
- ¿Khoolquen? He oído ese nombre antes
- ¡Es en serio!
- Si. ¡Ya lo recuerdo! ¡El fue el que convenció a nuestros clanes a unírseles contra este reino de porquería!
- Entonces él es...
- Sí. Un Don Oban. Creo que de hecho, es el hijo del que era su líder, Shilagrus.
- Entonces ¿confíe en el hombre equivocado?
- No lo sé. Pero al menos no confiaste en alguien que mataría a su padre para tomar su lugar.

Crónicas de Fudeworer - Prefacio

Esta historia lleva más de diez años en mi cabeza. Siempre la pensé para una animación o historieta pero, como se podrán imaginar, no hay presupuesto ni talento.

Puedo escribirla y es justo lo que haré... el estilo puede que cambie, pero advierto que será un poco perezoso, para no perder el hilo en descripciones o explicaciones

Felipe Velásquez Ospina
6 de enero de 2010 - 11:45 p.m.